Despertamos a menudo
en un sueño que no es nuestro,
lejos de nuestras manos,
apartados de nuestros objetivos y miedos.
Despertamos, a menudo,
en ojos ajenos,
estremecidos,
pálidos,
inquietos.
Corremos detrás de nadie y delante de todo
buscando lo que no sabemos.
Y es que, de eso va la vida.
Va de llanto y felicidad. Va de salir huyendo una y otra vez.
Va de estar solos y con nadie.
De estar con todos a veces.

La vida va de mirar al frente,
estar muertos de miedo
y andar.

De eso va la vida.

El suelo se queda pequeño cuando queremos saltar demasiado alto.

No caben las metáforas en los sentimientos estresados.
El intrépido camino que nos une entre las sábanas muestra la espalda al que quiere ser feliz con esfuerzo. Porque serlo es parte de la recompensa, no del camino. Se puede crear el palacio y se pueden urdir las telas que lo decoren. Crear los sueños desde la vista fatigada que queda cuando andas sobre barro y esperar a que venga la esperanza que nunca existió. Sacar la fuerza por la boca y desde las uñas, que siempre andarán descalzas. El ósculo que surge del más preciado abrazo, incluso el que quedó en espera y ya nunca volverá. Quién sabe, si la felicidad consiste en aprender a exprimir lo mejor de todo y vaciarnos en silencio mientras andamos contemplando el suelo que pisamos.

Un halo de extraña saciedad puebla el tiempo,

no quedan más que los restos y el frío

esperando el eterno fango de estrechas alas.

El espectro de lo que quisimos ser inunda los pulmones de los que no supieron.

Una nubla grisácea nos ciega cuando estamos mudos

mientras las muecas alegran los gritos en silencio del resto.

Hay cimientos derruidos por el huracán

que buscan su hueco en un mar en calma.

Un halo de extraña esperanza empapa un alma vacía cuando chilla callada.

El espectro más mortífero vive en nuestra piel y nos habla con los labios cerrados

en las noches que todo se convierte en la gélida estatua de una sonrisa

que quiso ser eterna.

La locura desértica que desentrañan las noticias que no esperamos.

El darte cuenta de que es real, que existe. El volar desde el suelo. El sentir en silencio. Esperar despierto y correr sentado.

A veces esperamos de todos una pequeña fracción de lo inesperado, y acabamos colgados de unas ideas confusas. A veces se desencajan las letras de las líneas, los párrafos de los textos. A veces se secan los bolígrafos mientras estamos escribiendo.

La extraña sensación de no saber. De no poder. O de poder y no poder. De poder y no saber. Qué importa.

A menudo pensamos que pasamos por la vida mientras los demás nos siguen y dejan de seguirnos. Nos equivocamos. Nadie sigue a nadie, y todos nos acompañan. Somos la suma de los que queremos.

Quizás la vida no sea un conjunto de trenes que coger o dejar pasar. Quizás la vida no sea un camino o un sendero con piedras y barro. Quizás la vida sea más un poco de disfrutar y sentir sin trastos en la espalda. O no.

Qué importa correr sentado en mitad de la locura desértica que desentrañan las noticias que no esperamos.

O no.

 

En el fondo del camino,

al final, donde ya no hay nada

y donde no queda nada.

Allí se cimentan las grandes historias.

Donde crecen los grandes.

Donde viven los valientes.

Donde miramos los cobartes

queriendo reflejarnos algún día.

En el fondo del camino, donde más brillan las miradas

los aspirantes quieren plantarse,

esperando encontrarte

al final del camino.

A veces,

la meta es coger el camino largo y dar los pasos cortos.

A veces,

llegar no es más que esperar otro sendero.

A menudo tenemos prisa. Nos olvidamos de lo importante. Crecemos pensando cómo pasar el tiempo.

A veces, el viaje a Ítaca pasa por Roma

y perderse es el artilujio que empapa nuestros sueños.

A veces mirar a los ojos es sólo el pretexto de un abrazo sincero. De esos que te desarman en silencio. De esos que nunca quieres dar, por miedo al sabor de despedida.

 

Al final, resulta que la meta

es no llegar a la meta

sin haber pisado todo el camino.

 

Nos quitamos los harapos a veces, con la esperanza de encontrar un brillo en ojos ajenos. Con las ganas de esperar un gesto de algo que ya estaba dado por perdido.

De repente, de nuevo te encuentras en cueros, en la soledad del silencio, escuchando tus latidos y recordando que ya, no son eternos. De repente, has abierto un muro a alguien. Ahora alguien conoce tu alma.

Ahora tienes miedo. Claro. Es para tenerlo. Ahora tienes la vida colgando de una cuerda floja y hay alguien al otro lado tirando. Probablemente no sepa de qué es la cuerda y sólo esté probando. A ver qué ocurre.

Nos quitamos los harapos a veces, y de repente, tienes miedo de encontrarte. Ese pánico que atiborra el corazón de ilusión y aspavientos, colmado de gritos mudos. Ese pánico que te hace sonreír como si nunca antes hubieras reído.

Ese pánico que te recuerda que ya hay un trozo de ti que no es tuyo, y esperas que quiera cuidarlo, mientras nos quitamos los harapos, y, a veces, de repente, sólo quieres encontrarle y descubrir

que te andaba buscando.