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A veces,

la meta es coger el camino largo y dar los pasos cortos.

A veces,

llegar no es más que esperar otro sendero.

A menudo tenemos prisa. Nos olvidamos de lo importante. Crecemos pensando cómo pasar el tiempo.

A veces, el viaje a Ítaca pasa por Roma

y perderse es el artilujio que empapa nuestros sueños.

A veces mirar a los ojos es sólo el pretexto de un abrazo sincero. De esos que te desarman en silencio. De esos que nunca quieres dar, por miedo al sabor de despedida.

 

Al final, resulta que la meta

es no llegar a la meta

sin haber pisado todo el camino.

 

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Nos quitamos los harapos a veces, con la esperanza de encontrar un brillo en ojos ajenos. Con las ganas de esperar un gesto de algo que ya estaba dado por perdido.

De repente, de nuevo te encuentras en cueros, en la soledad del silencio, escuchando tus latidos y recordando que ya, no son eternos. De repente, has abierto un muro a alguien. Ahora alguien conoce tu alma.

Ahora tienes miedo. Claro. Es para tenerlo. Ahora tienes la vida colgando de una cuerda floja y hay alguien al otro lado tirando. Probablemente no sepa de qué es la cuerda y sólo esté probando. A ver qué ocurre.

Nos quitamos los harapos a veces, y de repente, tienes miedo de encontrarte. Ese pánico que atiborra el corazón de ilusión y aspavientos, colmado de gritos mudos. Ese pánico que te hace sonreír como si nunca antes hubieras reído.

Ese pánico que te recuerda que ya hay un trozo de ti que no es tuyo, y esperas que quiera cuidarlo, mientras nos quitamos los harapos, y, a veces, de repente, sólo quieres encontrarle y descubrir

que te andaba buscando.

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De puro nervio y ganas,

de sueños, de alma y esperanza.

Que la vida está hecha de mendigos de latidos.

Está hecha de los abrazos que imagino darte. Y no me atrevo.

Está hecha de buenas maneras y gestos impagables.

De las miradas que quieren encontrarse, y las que se tropiezan en el camino.

Que la vida está hecha también de miedo. Del miedo también de perderte.

Está hecha de las tardes entre el techo y el suelo

sonriendo al pensarte.

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Y se encontraba diminuta. Agachada en el sofá como sintiéndose amenazada. Tenia miedo. Y con el miedo, tenía sueños. Pero se encontraba agazapada esperando encontrarse con sus tormentas de frente.

Nunca fue cobarde. Era diminuta, tan diminuta como permitían los temerosos de su alma verla crecer.

Ocurre demasiado a menudo.

Nos llamamos triunfadores, en un mundo de enanos. ¿Qué es triunfar?

Triunfar, quizás, sea coger “eso” que te hace grande a ojos minúsculos. Y no dejar que las barreras nos arrastren. Triunfar es ser tan grande como nos lo permita nuestra mente, y no nuestros bolsillos.

¿Qué es triunfar, sino sonreírle a un mundo que jamás querrá entenderte?

Eso es triunfar. Y mientras querramos conseguirlo a ojos ajenos, estaremos perdiendo ese ser minúsculo, enclenque y diminuto que nos hace ser más grandes que nadie.

Tan grandes, que nadie lo comprenda.

 

Nuka

Nacemos repletos de espectativas y capacidades,

pero no nos enseñan a ser mayores.

Nacemos libres y con los bolsillos vacíos,

pero no nos enseñan a llenarlos.

Nacemos, y nos enseñan a conocer,

pero no a despedirnos.Captura

Hoy te me vas, pequeña. Te me vas, y  nadie sabrá jamás el vacío que dejas. Lo llenaré, como siempre, de recuerdos en tu ausencia.

Espero haberte hecho feliz estos años.